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Rebelión del Conde de Noreña, Alfonso Enriquez (S.XIV).
En 1335, murió Rodrigo Álvarez de las Asturias, el que dejaría como heredero al hijo bastardo
de Alfonso XI y Leonor Guzmán, don Enrique que llegaría a ser rey de Castilla.
En 1369 siendo ya rey cedió a su hijo bastardo Alfonso Enriquez los señoríos de Noreña y
Gijón. Pasará a la historia por sus desafueros y rebeldías.
Su afición a recaudar tributos en otras jurisdicciones, y de gravar en exceso sus propias
tierras le llevarán a enfrentarse con su propio padre, el Rey Enrique II. Y cuando su hermano
Juan I accede al trono de Castilla.
(1379), Alfonso Enriquez se alía con los portugueses y los ingleses contra su rey (a pesar
de jurarle fidelidad, en la Catedral de Oviedo, sobre la Sagrada Hostia en manos del obispo
Gutiérrez de Toledo). Por ello en 1382 el Rey expide una carta por la que desposee a
don Alfonso de sus señoríos en Asturias, el cual alzó bandera de rebeldía y se hizo fuerte
en Gijón, a dónde vino el Rey para dirigir el asedio que acabó en la rendición del Conde,
previa promesa del Rey de darle heredades fuera de Asturias, entregando aquél, a su vez
todos los territorios que poseía en la provincia de Asturias.
Juan I, en 1383, hizo donación del condado de Noreña al Obispo de Oviedo y a todos sus
sucesores, en gratitud por sus servicios a la corona.
Pero aún en 1394 el conde don Alfonso, huyendo de la prisión en que se hallaba confinado
llegó a Asturias recuperando por la fuerza el señorío de Noreña. Sería derrotado en esta
ocasión por Enrique III devolviéndose el señorío de Noreña a los Obispos y recayendo la
pena de destierro sobre don Alfonso, quién moriría exiliado en Francia.
Durante el obispado de Diego de Muros (1512-1524) destaca los graves sucesos violentos
que sucedieron a raíz de una disputa entre el prelado y el corregidor de Asturias, Pedro Manrique
de Lara. Por órdenes del corregidor, sus subordinados prendieron a un delincuente que se encontraba
en el monasterio de San Vicente de Oviedo bajo el derecho de asilo. El obispo obligó a que el
delincuente fuese restituido a la iglesia, imponiendo al corregidor como penitencia la asistencia
a una misa, sosteniendo en las manos, mientras la oía, una vela encendida. Esto irrito al corregidor
que no sólo desobedeció la penitencia sino que mando buscar al refugiado (q sería ahorcado), prohibió
bajo penas graves que alguien entrase en su casa y que le llevasen provisiones, que se celebrase
mercado en Noreña y por último le conminó a que saliese de la ciudad y del obispado. El obispo apeló
contra estas órdenes pero el corregidor reunió gente armada y
le ataco en el palacio episcopal y "aún en la propia catedral". Don Diego se retiró entonces a su
casa-fuerte de Noreña, mientras las medidas adoptadas por Pedro de Manrique fueron de excepcional
dureza: se prohibía, bajo pena de muerte, que alguna persona acompañase al obispo, que algún clérigo
visitáse la villa de Noreña y que se suministrasen alimentos, pues se consideraba que el prelado,
junto con sus seguidores, se hallaba sublevado en la fortaleza de aquella localidad. El ataque
ordenado por el funcionario del Rey no se hizo esperar, y Lope de Miranda, Ibán y Gutierre
Bernaldo de Quirós, Gonzalo de Argüelles, Bernardo de Estrada y Alonso Pérez de Valdés, al
mando de sus correspondientes grupos armados, sitiaron el castillo de Noreña y dispusieron
las bombardas (artilugios militares a modo de cañones) traídos desde Avilés. El asedio duró
tres días, y tras la rendición del obispo el corregidor incumplió lo acordado y mandó
asaltar y saquear la fortaleza. Por estos hechos el corregidor fue llamado a Flandes, para dar
cuenta al Rey, cayendo en desgracia de éste. Don Manrique murió, excomulgado en Perpignán, y
aquellos que le habían secundado hubieron de hacer penitencia yendo desde la iglesia de San
Francisco a la Catedral, con los pies descalzos y con velas encendidas en las manos, donde el
obispo les absolvió.
En 1580 fue depositado en Noreña el cadáver del Obispo don Gonzalo de Solórzano
hasta disponer la sepultura definitiva, el párroco de San Miguel de Lada, en Langreo, que había
sido familiar querido de aquel Prelado, temiendo que el cadáver de su amo quedase perpetuamente
en Noreña, lo hurtó con sus feligreses una noche y le llevó a su parroquia con ánimo de trasladarlo
a Torralba, patria del señor Solórzano, y por éste muy favorecida; todo lo que causó gran ruido y
escándalo en la Diócesis.
"En Noreña todo con-suela"
En la obra "Asturias", de Canella y Belmunt, se cuenta la siguiente anécdota de Alonso Marcos de
Llanes, que viene a reafirmar el carácter artesano de la villa de Noreña.
El Rey Carlos III (S. XVIII) dijo un día al Arzobispo Marcos de Llanes:
- "Me contó el Conde que tu pueblo es una insignificante aldea de Asturias".
- "Cierto, contestó el Prelado; pero no lo será tanto, cuando tiene 200 zapateros".
- "Poca geografía asturiana sabe mi Secretario, replicó el Monarca".
El Rey contó al conde de Floridablanca lo de los doscientos zapateros, y éste le explicó al
Rey que todos los vecinos de Noreña se dedicaban al mismo oficio. Cuando el Arzobispo volvió
para despedirse del Rey, éste le recomendó no sin cierta sorna: "Procura que, con tantos
zapateros de tu pueblo, no anden descalzos tus diocesanos".
Guerra de la Independencia. (S. XIX).
"¡A las armas valientes astures,
empuñadlas con nuevo vigor,
que otra vez el tirano de Europa
el solar de Pelayo insultó!
Jovellanos."
Los franceses entraron por primera vez en Noreña el 23 de mayo de 1809. En la lucha de
guerrillas alcanzó renombre un tal Fombella, zapatero de profesión e hijo de un labrador
noreñense, que al frente de una numerosa partida hostigaba a los convoyes del ejército
francés que salían de Oviedo en territorio de Siero, destacando por su valentía y liderazgo.
Parece ser que después de la guerra de la independencia el audaz guerrillero murió pobre y
olvidado.
Por Decreto de diciembre de 1826, desaparecieron los cotos jurisdiccionales de señorío, y Noreña,
que lo era del obispo de Oviedo, pasó a formar parte del municipio de Siero, desde el 1 de enero de
1827 hasta el 19 de enero de 1834, en que se hizo independiente, con los sotos que
le pertenecían, todos separados del núcleo de mayor población de aquel Ayuntamiento y dentro del
territorio de Siero. En el año 1826, por tanto, los obispos de Oviedo dejaron de ser condes de Noreña,
aunque siguieron ostentando el titulo con carácter honorífico.
Los alcaldes de la Santa Hermandad de Noreña don Sabino Rodríguez Carvajal y don Lázaro Rodríguez de
la Solana, son comisionados y autorizados por los vecinos de la villa condal para pedir de nuevo su
independencia siempre apoyados y dirigidos por el influyente político Manuel María Acevedo y Pola
(que residió en el Palacio de Miraflores). La petición cursada en febrero de 1928 decía así: ". Se suplica
a S.M. en nombre de gran parte de los vecinos, se devuelva a Noreña la jurisdicción que tenía". La
real orden será fechada en Madrid el 11 de noviembre de 1833, firmada y rubricada por don Manuel
de Tranco y en ella se manifestaba: ". se manda conservar a la citada villa de Noreña el privilegio
de villazgo que tenía antes de ejecutar la R. O. del 18 de diciembre de 1826, de llevar su
Ayuntamiento con el mismo número de individuos que entonces, separándose por consiguiente del
concejo de Siero, y que lo acordado por providencia de ayer se obedezca, sea cumplida la real
cédula, debiendo facilitar al juez de Noreña cuantas noticias y auxilios pida para el
rigor cumplimiento de lo que S.M. manda".
Era el 5 de diciembre de 1833 cuando los vecinos noreñense liderados por don Evaristo Fernández
Villar y don Rodrigo Olay, recuperan la "Real Cédula con el privilegio del villazgo concedido a
Noreña".
Noreña es sitiada por el cólera.
Las autoridades sanitarias establecen del 23 de agosto al 14 de septiembre del año
1834 un cordón de seguridad muy riguroso que se extiende a los alrededores de Noreña
con el fin de evitar la expansión de la epidemia del cólera. Así, no pueden regresar a sus
casas el secretario y un escribano del Ayuntamiento de Siero. Y por otro lado el gobernador
civil al ordenar que el médico don Ignacio López vaya a establecerse a la villa de Noreña deja
la Pola sin médico al no poder reincorporarse por haberse declarado la incomunicación absoluta de
todo el territorio municipal de Noreña. El 28 de agosto algunos moradores de Noreña tratan de romper
el cordón sanitario, originándose insultos y agresiones, incluso algunos disparos.
En Noreña con una población aproximada de 300 vecinos, perecieron por el cólera 178 personas.
Un nuevo brote, en 1855, traería consigo el fallecimiento de 116 personas.
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